ChatGPT: no podemos claudicar
Claudio Araya
24 de marzo de 2023

El tráfago de la comunicación cotidiana nos hace olvidar la complejidad que entraña. Todos los días hablamos e interactuamos en distintas situaciones y con los más diversos propósitos, aunque éstos no sean muy conscientes. Cuando hablamos o escribimos, por un lado, y cuando escuchamos y leemos, por otro; activamos una constelación de conocimientos y habilidades que se mueven en backstage. Y esos conocimientos y habilidades trascienden lo estrictamente lingüístico, en sus distintos niveles o estratos.
Conocer el aparato formal de la enunciación que es la lengua en sus distintos niveles es condición necesaria, pero no suficiente para comunicarse con cierta eficacia. Nos pasamos los días de nuestras vidas no solo decodificando, sino -sobre todo- interpretando, infiriendo, relacionando; echando mano al conocimiento que creemos compartir con otros, pero también a muchas otras cosas más. El material depositado en esa caja negra de la cognición se constituye en el soporte desde donde ordenamos, evaluamos y seleccionamos según los requerimientos que nos imponga la realidad lingüística y, especialmente, comunicativa.
Todo este preámbulo orientado a la comunicación humana, lo menciono a propósito de la comunicación entre humanos y máquinas. La inteligencia artificial de las máquinas ¿está a la altura de las complejidades que entraña la comunicación humana? Gurúes de todo tipo y, por cierto, también criollos han salido a defender fervientemente al ChatGPT de la ignorancia de los críticos o de quienes dudan. La tecnofilia de esos gurúes les impide abrirse a la posibilidad de que el potencial de ese chat fetiche sea al menos discutible.
Recientemente, el sociólogo Manuel Castells publicó una columna en la que se refiere a los asombrosos avances en la inteligencia artificial del ChatGPT. Y tiene razón, pues al interactuar con él advertimos notables habilidades interpretativas de procesamiento lingüístico y de generación de discurso. Por momentos resulta agotador, vale reconocerlo. Es reiterativo, mecánico y palabrero. Además, si lo desafiamos mediante expresiones figuradas dialectales, refranes o adagios populares, fraseología popular; muestra dificultades interpretativas y activa respuestas basadas en la literalidad o, en el mejor de los casos, responde reconociendo la necesidad de mayor contexto. Expresa hambre de contexto, hambre de más y más datos. Ese es el alimento de su potencial y su desarrollo exponencial: más datos, más habilidad y, por tanto, más refinamiento en los procesos discursivos de producción y comprensión. Sin embargo, Castells no escribió dicha columna: fue el ChatGPT.
¿Quién es quién? ¿Y cómo reconocemos la autoría? Aparentemente, los lingüistas forenses tienen tarea en un mundo como el de siempre, repleto de lo que ahora denominan Fakes News que no son otra cosa que mentiras, a veces bien adornadas. Ante el deslumbramiento no podemos claudicar.
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